Tengo una tremenda capacidad de imaginación. Y de idealización.
Lamentablemente, los rasgos que te hacen especial son los mismos que detesto y, que yo los deteste, hace que más me interese conocerte.
Hay tantas preguntas sin respuesta que simplemente se esfuman, las olvido, las entierro.
Las olvido porque si me esfuerzo en contestarlas... me sepulto en vida yo misma.
Sí, por supuesto, vivir en mi imaginación es mucho más placentero y fácil pero... a veces tengo miedo de no poder salir nunca de ahí.
Yo quería, deseaba, anhelaba tu continua presencia acá, a mi lado... y en realidad mucho más no pedía (ni pido).
Porque no hay cosa más linda que escucharte hablar y ver tus ojos que parpadean y me miran, y se alejan y vuelven a mirarme para corroborar si los sigo viendo. Claro que sigo, sos como un imán y yo soy un frío y duro metal, que vive en su mundo de mentirillas e ideales irrealizables.
Y es que así soy... y así no me querés.
Yo te entiendo.
Pero a veces me hacés dudar tanto... porque sos un vaivén. Sos completamente ilegible, sos impredecible, sos todo lo que no tengo que tener cerca.
¿Será por eso?
Sí, debe ser porque me encanta torturarme. Y puede que en el pasado me haya equivocado y haya dado más de lo que se merecían pero yo era feliz. Y me sentía querida. Y sus abrazos eran eternos, tanto que hasta hoy los siento tan cerca como la ropa que llevo puesta y tan vivos como mi corazón latiendo.
Pero vos te despegás muy fácil. Vos fingís mucho. A vos no te puedo leer ni con lupa, o traductor de google o con algún extraño que me diga que va a explicarme lo que querés decir cuando decís lo que decís.
Yo sigo pensando que te idealizo... y que en realidad, sos tan... poco que tengo que hacerlo para no retractarme. ¡Qué lástima que haga las cosas peor!
Igual...
Dejemos que todo fluya.
Pero olvidate de mí... porque voy a estar cuando quiera estar, tal y como vos hacés, bonito.