Yo sólo miraba su reflejo en el vidrio de la ventana. No podía evitarlo. Trataba de despegar los ojos pero siempre volvían a traicionarme.
Es que no podía creerlo. Nadie podría haberlo creído tampoco. Tan perfecto: la luz opaca del fuego pegando en su rostro de algodón y sus manos ocupadas en ese aparato lleno de teclas y números y señales y mensajes y respuestas.
Por momentos pensaba y decía "si no mira en mi dirección ahora, lo hará en dos segundos...". Clavaba mi mirada en él y trataba de acosarlo mental y energéticamente. No había caso. Dos segundos después nada cambiaba.
Simplemente, creo que todos venimos por alguna razón a este mundo.
La suya era evitarme. ¡Y bien que sabía cómo!
No hay comentarios:
Publicar un comentario