Él la estaba mirando.
Sí, así era. Pero era tan poco creíble.
Algo tímida, dirigió su mirada a otro sector del escenario, como buscando algo más con qué entretenerse, pero le era difícil.
El muchacho vestía poca ropa color negro, tenía unos borceguís que parecían pesados y bailaba de forma frenética, dando saltos, girando en el suelo, acompañando la música.
Era bellísimo. Martina se ruborizó.
Llegó el final de la canción y comenzaron los aplausos. Él la estaba mirando... otra vez.
Con sus mejillas extremadamente rojas y centellantes, se levantó y aplaudió como lo hacían todos en la sala.
Camino a la salida, mientras su madre hablaba de lo maravilloso del show, su hermano gritaba pidiendo un helado y su padre bostezaba, ella no dejaba de pensar en lo cruel que era todo. Porque era un muchacho hermoso, sí, pero que él se acerque, o la mire, o le sonría pasaba únicamente en las películas. Y se enojó. No era justo.
Si tan sólo pudiera dejar de soñar... si tan sólo se limitara a vivir lo que le tocaba...
Y de un golpe, el muchacho que había estado mirándola en medio del show, se apareció frente a ella, cortándole el paso y la respiración.
-Hola... ¿Te molesta si te invito a tomar algo?