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Virginia, 19 años, Santa Fe - Argentina. Yo sé que hay un lugar donde todo esto que escribo va a quedar, pero es que simplemente nadie entiende que es mi alma la que dejo acá. Esto soy yo. Así, tal cual, sin miedo de ser y dejarse ver. Acá y sólo acá, se verá mi verdad.

martes, 29 de diciembre de 2009

balance fines 2008 principios 2009

No me había dado cuenta de cómo funcionaba esto de ser adolescente. No es que quiera tratar el tema de la edad de mierda que transito, es que simplemente quiero creer que este sentimiento tan extraño e intenso es propio de la edad, puesto que si fuera así mi personalidad y deba convivir con esto por el resto de mi vida, no lo soportaría.
Siempre, insisto, siempre me pasa lo mismo. O al menos, me pasaba lo mismo. Era una atracción sobrenatural lo que me hacía estar pendiente de ese chico... era un sentimiento tan profundo que me avergüenzo de no haberlo sentido otra vez. Era una necesidad de estar pegada a él todo el tiempo, de abrazarlo y sentir su calor, de besarlo hasta ponerme morada por la falta de respiración y cerrar los ojos una vez más sintiendo que nada importaba, sólo tenerle.
Recuerdo claramente la primera vez que me sucedió. Estábamos en un colectivo de vuelta a nuestras respectivas casas. Habíamos pasado una tarde encantadora todos juntos, con algunos amigos más. Me sentía bien, completa, alegre. Él era muy extraño... no era gracioso de una forma convencional pero había algo en él que hacía mi cuerpo estremecer.
Me senté a su lado y no sé cómo hice para hacerlo, pero fue muy instintivo. Mi cuerpo parecía flotar, era increíble; hasta me caía del asiento y de vez en cuando tenía que recordar que no estábamos solos. Él no hablaba mucho pero de igual manera me prestaba atención cuando yo se la llamaba.
Me había enamorado en cuerpo de él. Mi mente no pensaba a su lado, sólo mi cuerpo actuaba por instinto natural. Era tan extraño.
Él parecía corresponderme cuando en mi casa mencionó que yo le gustaba. Ese día estuve pensando mucho. Él me gustaba... pero otro amigo suyo había captado mi atención. Su amigo era tan sublime... tan fuerte y a la vez dulce que me enamoró al instante, cosa que aún no sabía. Estaba confundida, pero el cuerpo le ganó a la mente. Nos pusimos de novios. Obviamente, eso no significaba nada. Sólo teníamos el título, puesto que no éramos novios. Decir que estábamos juntos como novios era solamente un permiso para besarnos y tocarnos cuantas veces quisiéramos. Él no sentía lo mismo. A veces creo que él jamás sintió la misma conexión que yo, pero es que era tan profunda que me hace dudar...
De todas maneras, nuestro noviazgo duro poco, como una tormenta de verano. Como un amanecer: fue lindo mientras duró.
A mitad de camino, mientras me sofocaba con sus besos en el cuello y su cuerpo sobre el mío, había encontrado otra forma de sentirme completa.
Mi cuerpo ya no tenía tanto control sobre mí, principalmente porque estaba dándome cuenta de que él no sentía nada por mi que no fuera deseo, y no era un deseo hacia mi persona sino que se sentía así con todas las mujeres que nos rodeaban a ambos. Me di cuenta de eso una tarde calurosa y no quise saber nada de él.
Aunque amaba el deseo sexual que me producía, la calidez que me brindaba y el placer que sentía al tenerle cerca, supe que eso no era amor. Costó más de un mes, pero no llego a los dos. Nunca lo había amado como tal, como “novio”. Aún no sé qué significa esa palabra... es relativa, supongo.
Me sentía bastante sola en ese tiempo. Ese tiempo donde el protagonista de mis días era su amigo lindo y misterioso que vagaba constantemente en mi cabeza. Ese ser egocéntrico que centraba todas mis atenciones en él, sin quererlo.
Él no sabía lo que causaba en mí. Bueno, en realidad sí, pero como eso requiere el enlace de otra persona, deseo saltearlo.
A veces pienso que mi cariño hacia él se debía al deseo de ser abrazada y consentida. Aunque él no proporcionaba nada de eso, yo me sentía cuidada. Me enamoré de él. O del personaje que yo creaba de él.
Fue muy intenso. Tan intenso que me tuvo días llorando, pataleando, rabiando, y llorando otra vez.
Descubrí rápidamente que no sentía nada más por él que no fuera dolor: me dolía horrores amarlo así.
Tampoco sé si lo amaba, pero claramente, otro verbo no encaja con mis sentimientos por él.
Ese mismo tiempo conocí a una persona que cambió mi forma de ver las cosas: a un mejor amigo. Uno que luego, sin yo siquiera imaginarlo, se alejaría y me dejaría sola, desnuda, sin un techo, sin sostén.
Él era muy especial para mí. Era el amigo que siempre quise. Pero se enamoró. Y yo no podía con eso... no podía porque sabía que las personas nunca cambian. También sabía que ella no era confiable y que tarde o temprano se mostraría tal cual fuera... pero suponía que sería tarde para él. Nos alejamos, pero aún guardo esperanzas de volver a abrazarlo. Aunque lo odie. Aunque me de asco verlo. Volvería a caer en sus brazos que me abrazaban cuando lo necesitaba y cuando no.
Y no lo había pensado pero lo extraño mucho todavía.

Gracias a él conocí a otra persona que apareció de la nada. Siempre describo su acercamiento como una especie de venida fugaz, como una aparición rápida y no deseada: nunca quise saber de él, de hecho, nunca me importó conocerlo. Ese tiempo estaba tan bien conmigo misma que no me sentía sola. No necesitaba el consentimiento de nadie, no necesitaba amar a nadie ni perder el tiempo con nadie. No lo necesitaba... en ese tiempo.
Él apareció rápido, nos vimos un día lluvioso y oscuro. Me cautivaron sus historias, su vida, su forma de pensar y ver las cosas: pero jamás sentí nada.
Quería volver a verlo. Algo que había adquirido ese tiempo era una fuerte intuición y daba por sentado que él haría un cambio en mi vida. Uno positivo. Aún lo creo aunque me duela recordarlo, pero siempre creí que él me haría sentir bien. Y sigo sintiéndolo aunque la intuición me esté fallando.
Luego de mucho tiempo nos besamos. Fue un momento casi perfecto, hasta que otro, también con él, lo superaría.
Él solía abrazarme y apretarme contra su cuerpo mucho tiempo. Ya no tenía frío a su lado y estaba muy cómoda como para moverme: ahí me sentía segura, ahí tenía la certeza de que podría dormir, que ninguna pesadilla aparecería y que él velaría por mí toda la noche.
Y me enamoré. Y jamás deseé los brazos de nadie como lo hago ahora con los suyos. Le extraño tanto que creo que pronto voy a romper las paredes y destrozar cada uno de mis huesos si no lo vuelvo a ver. Añoro sus brazos, su piel, sus labios, su pelo, su voz. Me enamoré. Simple. Sin pedirlo. Sin imaginarlo siquiera.
Y ahora no pienso en nada más.
¡Qué locura!


Sí que fue un año intenso...

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