Me hipnotizaban los colores. Tenían tanto brillo que, maravillada, quería llevarme todos. Absolutamente todos, sin excepción.
Los tomaba y acariciaba, porque sabía que no los tendría.
Estaba tan concentrada en esas baratijas que no percibí a la joven niña que me miraba. Estaba parada a mi derecha y sólo pude notarla cuando la choqué.
Era una niñita, pequeña, con unos ojos marrones profundos, pero había algo extraño en ella.
Vestía una blusa de mangas largas y tenía un gorro de lana rosado, extraño para la primavera de noviembre. Sorprendida y en un instante, volví mi mirada a su rostro y noté que llevaba un barbijo.
Ella continuaba mirándome y yo me sentía escandalizada.
Yo tan absorta en esa realidad material que me hundía en el consumismo y ella tan... viva. Con tantas ganas de vivir, con esos enormes ojos marrones que desprendían incomprensión, "¿por qué yo? ¿Qué es esto?"
En ese momento deseé que esa niña continuara mirando con esa intensidad y comenzara a reír por muchos años más. Le deseé la paz plena y muchas alegrías.
Toda la tarde me quedé pensando...
¿Por qué nos acostumbramos tanto a vivir de cosas malas? Apreciamos estupideces, no le damos importancia a asuntos del corazón o de la vida.
Porque sí, hay algo más que lo cotidiano, y no lo es el tener dinero u orgasmos eternamente. Basta de lastimarnos. Hay gente sufriendo, no continuemos acrecentando ese sufrimiento, regalemos sonrisas, que son bellísimas!!!!!!!!!!!!!
No hay comentarios:
Publicar un comentario