Se sentó. Se sentó lento aunque había caminado por horas. No se sentía cansada, para su sorpresa, y eso no le molestaba en absoluto. Se sentó y miró, miró sin mirar; porque su cabeza no le dejaba registrar nada, solo las voces que resonaban y se entrelazaban con los paisajes y entre los dibujos que hacían las piedras en la montaña podía ver sus rostros. Rostros de gente desconocida, rostro de seres queridos. Rostros de angustia y felicidad y todo junto, convirtiéndola en una mujercita infeliz.
Se sentó y pensó, en el infinito, en "cuán grande es el mundo y yo acá que me siento enormemente desesperada y triste".
No estaba cansada porque no sentía nada de nada. Porque había perdido el gustito. Porque levantarse a la mañana le costaba mucho... ningún día tenía nada especial, solo la sensación de que nada le alcanzaba y que se avecinaba otro día, semana, fin de semana, mes, de mierda.
Se sentó y vio como todo el cielo cambiaba de color de azúl a oscuridad, desapareciendo el sol y cubriendo las nubes rosas toda esperanza de ver una estrella que la inspire, que le devuelva alegría, que le de un sentido a esta sensación de que todo importa nada.
¿Qué puede hacerle una cuando la rutina no es especial? ¿Cuando el día a día ni siquiera aburre? ¿Qué se hace cuando no hay nada que hacer y no se siente?
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