Su pelo relucía esa noche. El cigarrillo en una mano y el vaso de Fernet en la otra mostraban su confianza: a ella nada le importaba, nada la molestaba.
Cruzó sus piernas una vez más mientras el gélido aire nocturno congelaba sus dedos.
De vez en cuando miraba hacia la puerta, disimulando. Esa fiesta estaba tan vacía sin él y sus radiantes ojos café.
Se la notaba tan segura de sí misma que creías conocer el mundo, conocer toda la verdad: ella inspiraba.
Nadie lo sabía. Era un secreto muy profundo y lleno de mentiras.
Se sentía tan vacía que esa noche pensó en dejar todo atrás. En ir, corriendo o como fuera y encontrarlo. Besarlo eternamente bajo una lluvia artificial. Simular amor aunque él deseara despegarse.
Muchos hombres habían estado con ella. No le gustaban pero eran entretenidos. Ellos morían por tocar su piel, por besar sus labios y recorrer su cuerpo entero pero ella los despreciaba.
Por primera vez quiso a alguien. Había caído tan bajo que no podía salir: en verdad se había enamorado.
Pero él...
Él no quería amarla. Para él, ella era entretenida.
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