Ese fue el momento donde mi corazón dejó de latir.
Sentía la rabia cubrir cada trozo de mi piel ardiente. Mis ojos querían nublarse pero hice todo lo posible para continuar viendo con claridad.
Debía luchar por mi vida. Debía vengar la muerte de mi padre.
Por un instante la paz me cautivó. Los tiempos de tranquilidad y descanso cubrieron mis pensamientos por una centésima de segundo.
Al rato, los tenía a todos apuntándome. Debía actuar con rapidez y eficacia.
No quería que la razón de mi existencia pagara por eso, tampoco.
Corrí rápidamente a una pared para ocultarme y comencé a dispararles.
Uno, dos, tres, cuatro; todos caían al suelo.
Me sentí extrañamente poderosa.
Él se estaba acercando a mí para saber si estaba calmada o me sentía mal y sin darnos cuenta, una bala traspasó su pecho.
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