Sus suaves dedos se movían lentamente en mi pelo. Cada pequeño roce me embriagaba.
La melodía comenzó a sonar, tranquila y cálida, hechizándome.
Podía sentir el repiqueteo de notas, los pequeños golpecitos que armonizaban la canción.
Me sentía pura. Tan pura que me erizaba la piel y mis mejillas se volvían asombrosamente rojas.
Continué sintiendo su respiración en mi nuca, la forma en que él respiraba era todo un alivio. Lo quería ahí conmigo.
También escuchaba el latir fuerte de su corazón. El pequeño corazón que tanto me contenía se contraía y se hacía notar entre nosotros dos. Por otro instante me sentí aliviada de que continuara latiendo. Eso significaba que él era real, que toda la felicidad que me inundaba tenía un nombre, y que ese era el suyo.
Lo sentía cálido, algo sofocante, pero perfecto a fin de cuentas. Lo sentía vivo.
Había sobrevivido todo lo que se le presentó. Otra vez, alivio.
Quise abrazarlo pero la posición en la que estábamos no ayudaba mucho.
Me conformé con sentir sus dedos sigilosos, su aliento y roce cálidos, y la forma en que su corazón golpeaba en mi espalda.
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