Casi no había tiempo, pero se tomó tres o cuatro minutos para contarlo.
Lo odiaba, como el sol al que no quería ser salvado que camina por la peatonal en verano a las cinco de la tarde. O también como la tierra de la maceta verde que el otro día armé al sol, o como la plantita puntiaguda y fina que no crece porque odia a la tierra que odia al sol que odia al humano que camina y se odia.
Era comprensible la explicación pero ella no podía entender el hecho. ¿Por qué recordarlo tanto? Era cuestión de segundos y así, pam, pum, paf y su cara en su cabeza; seis o siete minutos después y volvía la visión de su cara endemoniada por el disfrute, de sus ojos entrecerrados de locura y ese beso en la frente, extraño, como de "te quiero pero me es inevitable lastimarte".
Era cuestión de tiempo. Ocho o nueve días y todo sería historia. Diez u once meses y tal vez algo cambie. Doce o trece meses más y todo igual. Catorce o quince años más pensando en él, el que no quería ser salvado.
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