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Virginia, 19 años, Santa Fe - Argentina. Yo sé que hay un lugar donde todo esto que escribo va a quedar, pero es que simplemente nadie entiende que es mi alma la que dejo acá. Esto soy yo. Así, tal cual, sin miedo de ser y dejarse ver. Acá y sólo acá, se verá mi verdad.

jueves, 16 de septiembre de 2010

-Como el roce de tus dedos, así se siente. Fíjate- dijo tomando mi mano con la suya, blanca y suave. Apoyó mis dedos y comenzó a frotarlos, con tranquilidad, sobre mi mejilla.
Sus ojos celestes, ahora más celestes que nunca, ya que coincidían con el azul del mar, se posaban en los míos. ¡Qué gloria! Si tan solo imaginara una pequeña dimensión de lo que yo sentía en ese momento, creo que saltaría del asombro. El corazón, aunque silencioso, me latía demasiado rápido. Su golpeteo era fácil de sentir, supongo que lo percibió.
Sonrió.
Su cabello negro, asomando en sus hombros, se movía con el viento, que azotaba con rudeza toda la playa. El atardecer estaba cerca. Ambos miramos hacia el horizonte.
-¿Y... piensas quedarte mucho más?
-No lo sé aún.
Ninguno de los dos amaba la respuesta en realidad. Ni yo, ni ella, queríamos escuchar la verdad, aceptarla, respetarla. Y es que yo jamás lo había imaginado. Las cosas suceden porque sí, porque no, porque... suceden, pasan, se instalan, nadie las llama; malditas intrusas.
Volví mi vista a la arena. No quería aceptar la verdad. Era gratificante el paraíso.
¡Y yo que nunca creí en la perfección! La estaba experimentando, era parte de mi vida, pero, lamentablemente, era efímera. Tan efímera como su estadía en el lugar, como sus besos, como el día, como mi propia vida.
Volví a mirarla.
-Sabes que no me quedaré- dijo - el lugar es precioso, lo que viví aquí lo fue, tú, hermoso ser, también lo eres. Pero aquí no puedo continuar.
Y yo tampoco podía continuar ahí.
-Y sabes que... mi vida no es aquí. Tengo todo allá. Allá donde el viento sopla fuerte cada día, donde la nieve es lo único que hay. No puedo dejarlo.
-Aquí, tienes el sol, la luz, el calor. Aquí tienes todo para ser feliz.
Sonreí. Ella copió, con pereza, mi acción.
-Pero este no es mi lugar.
El silencio lo sostuvo todo. La tensión era inmensa.
-No hagamos esto más difícil- Dijo.
-Pero no entiendo... sabes que tienes todo aquí.-
-Yo quiero negar la felicidad y creo que estoy en todo mi derecho de hacerlo. Quiero conformarme con lo que no me gusta.- Se puso de pie y en ese instante agregó. -Conocí el amor, y con eso me conformo. Y saber que jamás volveré a experimentarlo es algo totalmente devastador... pero que me enseña que el momento es ahora. Yo aproveché esto que tuve, pero no lo quiero más. Fue hermoso, pero quiero conocer absolutamente todo.

¿Y qué papel me tocaba a mí ahora? ¿El papel del idiota que cree en todo cuando ya no queda nada? ¿El que busca lo que no existe?

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