Me siento en la vereda vacía, donde nadie pasa. Es que no quiero interrupciones, prefiero seguir escribiendo, seguir recordando y jamás olvidar. ¡Y es que cómo olvidar! Si sólo pocas veces se recibe lo que me diste. Un abrazo eterno, ese que se impregna en todo el cuerpo, que permite oler tu aroma hasta en sueños y recordarte sonriendo, como hago ahora. Ese abrazo eterno que aún hoy siento. Tus brazos cálidos en los míos fríos, que pasaron por la tempestad y no supieron como llevarme a la orilla. Y vos sí que nadaste... Sobreviviste tantas. Y yo me quejaba en la playa.
Pero es que... más allá de todo... no pretendo otra cosa que recordar. No quiero volver a sentir lo que sentí porque sé que intentarlo es inútil... No habrán jamás dos como vos.
Como vos, que te reías en mi oreja y que apoyabas mi cabeza en tu pecho, haciéndome mirar el ocaso... ¡Qué ocasos, qué alegrías! Tenía todo. Absolutamente todo lo que quería. No le hagas caso a aquella que se instala sin permiso en mi cuerpo y grita que te odia. Jamás podría odiarte. ¿Cómo odiarte si me enseñaste tanto? Me enseñaste que puedo sonreír al pensar a alguien y que, sin saberlo, puedo llegar a enamorarme en segundos. Que no existe final mientras viva. Porque no quiero olvidarte, lo nuestro jamás terminó para mí.
Jamás fuiste mío, lo sé. Nadie es propiedad de nadie. Sólo sé que... con vos supe de eso que hablaban tantas veces: del aroma a miel, de las mariposas -que para mí eran como millones de elefantes corriendo- en el estómago y de las lágrimas por la ausencia.Ni hablar del síndrome de abstinencia, del llanto, del dolor. Todo eso aprendí. ¡Y cómo lo agradezco!
Que me interesa lo demás, qué me interesa el orgullo.
Yo sé lo que sentí y sé que será difícil de repetir.
Sólo quería dejarlo bien claro, para que, cuando vuelva a leerlo, pueda saber. Saber que sentí y viví y que lo di todo.
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